EL JUEGO DE LAS MUSAS
La pintura y su energía lúdica

ARTURO DOÑATE
GALERÍA COLL BLANC











Pasa el amor, aparece la musa y se despeja mi sombría inteligencia; otra vez libre, busco la unión entre los mágicos sonidos, los sentidos y los pensamientos.

Eugenio Oneguin, Aleksandr Pushkin.























Entro en el estudio de Arturo Doñate y muchas cosas llaman mi atención; objetos que, en principio, no parecen conectados a su labor pictórica y que me miran con curiosidad desde su posición privilegiada: una radio parloteando, un paquete de tabaco (protagonista descuidado de una foto de su último catálogo que hojeé hace poco) y multitud de tablas de madera repletas de secuencias mágicas de clavos, cerillas pintadas y toda suerte de cilindros pequeños coloreados armoniosamente, dispuestos en sintonía con el espacio y en un orden áureo.
Veo esas construcciones y no puedo evitar imaginar a Arturo sentado en el suelo, como un niño pequeño, pintando con esmero las pequeñísimas cabezas de las cerillas, clavando esos clavitos con diligencia, absorto al espacio pictórico de su alrededor, completando la serie de color plasmada en la tabla y sintiéndose parte del gran mecanismo que es el universo.
Luego observo sus pinturas y, de repente, veo esa conexión secreta entre el colorido de las secuencias en tres dimensiones y sus trazos sobre el lienzo y la tabla. Sin embargo, su praxis va mucho más allá que una mera plasmación magistral del color.
Arturo tiene el gen de la pintura en su adn pero todo artista se hace a sí mismo, independientemente de si en el árbol genealógico haya figuras renombradas del mundo del arte. Siempre se ha hablado de ese factor ineludible que da el carácter de artista y que es remarcable en la actitud y la ejecución de una trayectoria que dura toda una vida y que se construye con lo que se hace correcta o incorrectamente: todo vale para forjarse. Pero, el talento de Arturo va más allá de una pose o una obra en perfecta ejecución. Sus lienzos son el reflejo de una historia hecha a capas que debemos desmontar poco a poco, con paciencia y curiosidad hasta llegar a la comprensión del todo; es perseguir al conejo blanco para caer en la madriguera mágica.

Tierra de maravillas
Doñate trabaja en esta serie con la figura femenina, protagonista indiscutible dentro de esa tierra de maravillas que Arturo compone con sus obras como el portal hacia un mundo sosegado de imaginación. Las tonalidades en gris de las que están compuestas estas mujeres desafiantes y serenas parecen estudiar la profundidad de su silueta, una especie de antesala al color, a ese recorrido mágico que se posiciona en primer o en segundo plano sobre ellas materializado en formas flotantes, severas o pacíficamente expuestas. Esos objetos lanzan un mensaje al inconsciente que debemos descifrar si no queremos perdernos nada de lo que esa imagen parpadeante quiere relatarnos; y es precisamente ahí donde empieza el juego de las musas que nos observan desde la pared, esperando a que despiertes de una vez.
Arturo ha mantenido el alma pura frente a la pintura. Más bien, ha conservado la inocencia intacta frente a cada creación suya o ajena y esa actitud lo ha conservado de la desidia o el sarcasmo que vivimos en el mundo en estos últimos tiempos. El arte también se ha infectado de estas poses de esnobismo donde el nihilismo es moda y la crítica, destructiva. Todas las personas parecen entender el mensaje, la forma, el material, la idea y la energía de la obra de arte como para destrozarla públicamente y hundirla mientras el ego sube a medida que la creación es vencida por la ignorancia. O, al contrario, llenamos de lisonjas exposiciones de arte dudosas solo porque forman parte del coleccionismo político de personas bisagra ―entiéndase a estas como personas que si se doblan lo suficiente, te abren un hueco por el que ascender rápidamente―. Y entre tanto ruido, Doñate pinta unas ventanas a esas lindes de ensueño que nos perdemos porque estamos aniquilando la curiosidad que precede al juego, obsesionados por salir en la foto. Y nos olvidamos que el juego es el que desborda la inteligencia y construye lazos imborrables entre la sensación y el pensamiento y que ya buscaba el Oneguin de Pushkin.
Sus obras están compuestas por un dinamismo voraz; son puzles donde lo femenino cuenta una historia mientras las formas geométricas y luminosas danzan a su alrededor como notas de música; un smooth jazz que acompaña al relato pictórico y que empieza por la mirada de cada pieza. En su obra nº1 los ojos permanecen bajos, pensativos... el gesto de preocupación (¿o de deseo, o de gozo, o de sorpresa contenida?) marcado por la mano descansando sobre la boca firme de la mujer y los trazos en negro y marrón tras ella crean un fotograma que observamos. ¿Dónde reside el juego? Pues en construir por nuestra cuenta el resto de la película que nos dará el relato entero de la existencia de ese personaje que vive en el lienzo.
Y así, pasamos a la siguiente secuencia con su obra nº 2 y el desafío que impone su mirada lateral. Una pose erguida, una contención en la figura que se contrapone al mensaje líquido que la secuencia en color nos susurra: words. Palabras que respaldan la historia de esa mujer que se mantiene apartada del lienzo, otorgando importancia visual al vocablo que parece salir de su cabeza. Nuestra mirada occidental se nutre en esa parte del lienzo y que Doñate domina con experiencia. Es ahí donde late la narración en la obra, inundando con su aura violeta ―símbolo de la espiritualidad― nuestro tiempo de juego con la pieza que se abre ante nuestros ojos.
En su afán por relatarnos una historia en retazos que simulan grandes fotografías de polaroid ―a Doñate le fascina ese formato fotográfico con la ilusión de un niño en la mañana de Navidad― el artista modela la anatomía femenina con una mezcla sublime de fuerza, distinción y emoción a la vez. Esta combinación podemos observarla en su obra nº 5, donde la protagonista es la única de la serie que no nos desvela la información que contiene su mirada. Contrariamente, la palabra irradiada tras ella nos dice illuminate, consolando a la mujer que rememora un sentimiento de pesadumbre y cansancio, de resistir un peso que le es insoportable o baldío.
Arturo ha trabajado con la figura de la mujer de manera sabia, otorgando respetabilidad a su fuerte simbolismo y suprimiendo la controversia del uso del cuerpo femenino como mero objeto inspirador. De hecho, aún mantenemos en nuestra cabeza la creencia de que las musas eran meras inspiradoras de los creadores ―varones, obviamente― y que su función era la de desenterrar de sus almas la obra maestra. Es interesante cómo el relato a lo largo de los siglos se ha ido matizando y manipulando para que dicha creencia siga viva. Nuestra misión, como personas críticas dentro del mundo del arte y fuera de él, es reanudar el significado verdadero de cada alegoría.

Las musas no son tontas
Las musas eran nueve en total, hijas de Zeus y Mnemósine. Zeus, padre del Olimpo, es harto conocido pero apenas sabemos nada de la titánida que engendró a Calíope, Clío, Érato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania. Mnemósine era una diosa-titán en la cual residía el poder de la memoria del cosmos. Fue hija a su vez del dios de de los cielos, Urano, y de la diosa de la tierra, Gea. Cuenta la mitología griega que los dioses pidieron a Zeus la creación de unas diosas para que un nuevo orden del Universo fuese cantado (es decir, comandado) por ellas. Por lo tanto, habitó en el lecho junto a Mnemósine durante nueve noches de las cuales surgieron las nueve diosas que serían las nuevas portavoces de la memoria. Su madre era la viva representación del tiempo cuántico ―sin límites, múltiple y cambiante― y sus hijas fueron aquellas que mantuvieron las raíces de la reminiscencia, la historia, de lo que fue, es y será.
Era una responsabilidad tremenda que supieron llevar sin problemas, así como han hecho los millones de mujeres a lo largo de la historia y a las que desgraciadamente, también se les simplificaron sus hazañas en la historia unidireccional y patriarcal de las que todas las sociedades nos nutrimos. Reflexionando sobre los mitos, nos damos cuenta entonces de que las musas ya poseían el conocimiento de las artes y del tiempo mismo, por lo que su misión era no solo la de conservar dicho conocimiento sino también tenían el deber de difundirlo a través de la mente humana para beneficio de todas las civilizaciones.
Con esta breve investigación, descubrimos dos ideas; por un lado, que las musas no eran un elemento pasivo que inspiraba solo por su magia y encanto femenino al poeta, músico, matemático o astrónomo ―entre otros― sino que, asimismo, la danza, la poesía o las ciencias exactas formaban parte de un todo al que llamaban ARTE y que nuestra sociedad experimental y matemática se ha empeñado en separar a toda costa. La inspiración es válida en todos los campos y no es unidireccional, es decir, ¿por qué no la imagen en un cuadro puede inspirar a un matemático a elaborar una nueva hipótesis? A la civilización griega le habría parecido una aberración limitar las artes al campo de la pintura, escultura y arquitectura, dejando en una esfera aparte la astronomía o la física, pues, para ella, la creación era extraordinaria en todas las áreas.
Sin soltarnos del hilo argumental que dibuja Arturo con sus luminosos mensajes pictóricos, la imagen de las mujeres que llenan sus creaciones se nos asemejan a esas musas que, mediante geometrías difusas y palabras lacónicas unifican no solo matemática y pintura sino que nos advierten de la existencia de una memoria universal, de lo que es, de lo que son y de la energía cósmica y terrestre que heredaron de su abuelo Urano y su abuela Gea. Como en sus lienzos nº 3, y nº 6 donde ambas mujeres muestran sendos letreros cristalizados en un neón fulgurante. En la obra nº3 aparece la figura femenina en posición lateral, con una mirada limpia y abierta, con el gesto delicado en sus manos y un trabajo anatómico del cuerpo que resulta brillante cuando Doñate la conceptúa en el blanco lienzo (terror de pintores). La boca entreabierta denota la sensualidad de su refinamiento pero también se vislumbra una fuerza incontenible en el cuerpo trabajado y las manos grandes y firmes. Una firmeza que vemos de cara en la pieza nº 6, volviendo a la posición enfrentada al público; una mirada retadora, una palabra que nos indica un tiempo (now), el único tiempo que importa, el único que poseemos para cambiar las cosas, para hacernos responsables de nuestros actos, para ser verdaderamente líderes de nuestras vidas.
Es ahí donde la obra nº 4 continua posicionándonos en el presente, esta vez dándonos una localización exacta: estás aquí (you are here). Esta pintura se diferencia de las otras porque existe una comunicación entre dos mujeres, ajenas al ojo que las observa. Una mujer que pinta los labios a otra, evocando sensualidad o sumisión, sugiriendo belleza o sencillez en el gesto, dejándonos ver tras la rendija donde las musas habitan. Doñate nos da pistas sobre los mensajes que sus personajes nos dictan; a través de una obra pictórica en tabla de pequeñas dimensiones, el artista revela la frase al completo que, permanece semioculta en la pieza de mayor tamaño. Arturo entiende a la perfección el universo de símbolos y habitáculos, de conexiones humanas y de misterios, abordándolos en sus obras exquisitamente y descubriéndonos que él también es poseedor de un conocimiento oculto que debe ser revelado en el arte.

Descifrando matrix
En la serie que ha creado Doñate existen otras obras cuya composición difiere de las anteriormente comentadas. La simbología adquiere en ellas el llamativo protagonismo y la figura ―con sus matices y su laboriosidad de grises, blancos y negros― es la que reposa tras el torbellino de información codificada en runas, geometría, objetos y estallido de color.
El artista comienza su codificación visual con la obra nº 7 donde aparecen en el fondo del cuadro las manos de una mujer con un cigarrillo entre sus dedos; reposan esas manos sobre sus muslos, apenas visibilizados ante el torrente de escritura ancestral e imaginada por el artista que recorre el cuerpo de la figura: creados en un blanco puro, en un negro intenso y en un rojo sangre, son la búsqueda de la esencia del mundo. El artista engloba en esta obra la figura humana con un lenguaje metafórico de signos. Algo parecido sucede con la pieza nº 8 y la pieza nº 13, ambas con un retorno al rostro femenino. En la primera, la mujer nos guiña un ojo ―cómplice del artista― ante el esparcimiento del código de color que solapa brevemente su cara y que es minuciosamente elaborado por Doñate. La musa vuelve a jugar con el público divertida, pues ella posee el conocimiento de lo que allí se nos narra. Quiere que juguemos a desenredar el puzle, a identificar iconos famosos, a unir piezas que nos unen a todas las personas mediante el recuerdo y la vivencia.
El cromatismo de la obra nº 13 nos dan reminiscencias de Mondrian y de Léger, pintores con un uso de colores básicos y vibrantes. Léger buscaba en su cubismo la relación entre la realidad y la plasmación pictórica de una manera aparentemente naif pero cargada de una significación profunda en los objetos y personajes que residían en sus cuadros. Por contra, Mondrian renunció a toda forma humana para encumbrar en sus piezas líneas y colores primarios dispuestos en una armonía casi divina e introduciendo el juego en el ojo del espectador/a. Arturo sintetiza a ambos genios de la pintura y compone en su obra magistral nº 13 la comunión entre símbolo y figura, ambos conceptos ricamente trabajados con asombrosa sintonía. Por lo tanto, vive en su obra el juego de la imaginación (moviendo las piezas que flotan sobre el rostro de la mujer y que pueden disponerse en múltiples posiciones), el estudio del color y la significación que ambos construyen.
El signo continua fluyendo en su pintura nº 12. La mirada es de las más agresivas de toda la serie pictórica y se contrapone al colorido infantil y dulce tanto de la esfera compuesta por pequeños círculos que flota sobre la cara humana como de los cilindros coloreados del fondo y que están basados en una obra de Doñate de tres dimensiones con disposición idéntica al lienzo. La miramos y parece que la viésemos en el fondo del agua, observándonos rigurosamente, manteniendo en su cabeza el juego que debemos descifrar como si mirásemos la pantalla de Matrix, donde la realidad se codifica extrañamente, engañando a nuestros sentidos e intuiciones.
Solo en la pieza nº 10 reconocemos el objeto al primer vistazo que se ubica en primer plano: cerillas. Las cerillas también han formado parte de algunas obras de pequeño formato y montadas en tres dimensiones sobre tabla al igual que los clavos, también vestidos de color por el artista. Doñate ensueña con ellos y me dice que los clavos han estado siempre asociados a él desde muy temprana edad. Entonces sonrío y confirmo esa breve imagen que vino a mi cabeza al ver por primera vez esas pequeñas instalaciones de colores: el niño Arturo pintando y clavando diligentemente. No fue, pues, la imaginación sino que se me reveló una energía pasada contenida en objetos cotidianos que el artista ha usado como seña de identidad y recuerdo.
Una maraña fluida cae en cascada tras el cuerpo de una mujer con una fuerza visual, sostenida en el espacio pictórico. En el lienzo nº 10 el color se atreve a desafiar al rostro, marcándolo en rojo mientras las cerillas se disponen en un lógico triángulo. Sucede también en su obra nº 11 una vuelta al rastro de color, esta vez en un fulgurante amarillo que remarca la cabeza femenina, suavemente ladeada y examinándonos con una mirada misteriosa y fría. Una parte de su cara permanece en penumbra; en el otro lado, se disponen dos flechas en sus labios y una de sus orejas que inyectan de movimiento el violeta instigador de la obra.
Del expresionismo, pasando por la abstracción hasta llegar a un arte atmosférico con obras creadas a capas y aunando el gusto universal en cada trazo: este ha sido el recorrido de Arturo, obsesionado por experimentar con las distintas expresiones del ser humano. Para él, la pintura es un modo de vida, con sus desafíos frente al lienzo impoluto, con sus dificultades y retos, con sus zonas peligrosas y siniestras en ocasiones. Con su pintura nº 9 parece llamar nuestra atención frente a los precipicios y oscuridades que la vida y el arte evocan: una mujer que fuma tras unas cintas que impiden el paso a su rostro; pero es más de lo que vemos porque, en el fondo, la imagen nos advierte de que aquella persona que logre atravesar esas cintas será merecedora del conocimiento profundo del cosmos, de los mensajes que esas musas nos lanzan, de la sabiduría que en las malas manos hacen las peores acciones. Una imagen limpia pero compleja, en fondo naranja opaco, que se revela mágica como lo son todas las obras de esta serie. Fotogramas de una película cíclica ―que es el tiempo― y que nos invita a libres interpretaciones y a juegos.
Veo esas obras de Arturo Doñate y me imagino estar al fondo de un gran cine en penumbras, viendo pasar sus creaciones como compañeras de viaje, como acompañantes vitales, como maestras de enseñanzas múltiples. En ese sueño, Arturo me acompaña con su relato, contándome los verdaderos secretos de las musas que se le han revelado en ese oscuro y gran cine que es nuestra vida.

Lidón Sancho Ribés
Comisaria y educadora artística


 
 
ARTURO DOÑATE