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La odontopediatría es vital para la salud de los más jóvenes

La atención odontológica durante la infancia desempeña un papel decisivo en el bienestar presente y futuro de los niños. La boca cambia de forma constante desde los primeros meses de vida, cuando comienzan a aparecer los dientes temporales, hasta la adolescencia, etapa en la que suele completarse la dentición permanente. Durante ese recorrido pueden surgir caries, alteraciones en la erupción, traumatismos, problemas de encías, dificultades en la mordida o hábitos que afectan al desarrollo de los maxilares. La odontopediatría permite vigilar estos procesos y actuar en el momento más adecuado, antes de que una pequeña alteración se convierta en una complicación más difícil de resolver.

La idea de que los dientes de leche tienen poca importancia porque acabarán cayéndose es uno de los errores que más perjudican a la salud bucodental infantil. Estas piezas permiten masticar correctamente, intervienen en la pronunciación, conservan el espacio necesario para los dientes definitivos y contribuyen al crecimiento equilibrado de la boca. Cuando se pierde una de ellas antes de tiempo, las piezas próximas pueden desplazarse y ocupar un lugar que necesitará más adelante el diente permanente. Además, una infección no tratada puede causar dolor, inflamación y daños en los tejidos cercanos.

La caries continúa siendo una de las enfermedades más frecuentes en la población infantil, que se produce cuando las bacterias de la placa transforman los azúcares presentes en alimentos y bebidas en ácidos que van debilitando los tejidos dentales. Si ese proceso se mantiene, aparece una cavidad que puede avanzar hacia las capas internas del diente. La Organización Mundial de la Salud señala que el consumo habitual de azúcares libres, una exposición insuficiente al flúor y la eliminación inadecuada de la placa favorecen su desarrollo.

La odontopediatría no se limita a reparar las lesiones visibles, ya que una de sus principales funciones consiste en identificar el nivel de riesgo de cada niño y diseñar medidas preventivas adaptadas a sus circunstancias. No todos presentan la misma predisposición. Influyen la frecuencia con la que consumen productos azucarados, la calidad del cepillado, la cantidad y características de la saliva, la forma de los dientes, la existencia de enfermedades previas, ciertos medicamentos y la aparición de caries anteriores. Conocer estos factores permite establecer revisiones más o menos frecuentes según las necesidades reales.

La primera toma de contacto con la consulta debería producirse muy pronto. La Academia Americana de Odontología Pediátrica recomienda establecer una atención dental continuada antes de cumplir el primer año, o dentro de los seis meses posteriores a la aparición del primer diente. Esta visita temprana permite revisar el desarrollo oral, orientar a la familia y detectar circunstancias que podrían elevar el riesgo de enfermedad. No es necesario esperar a que exista dolor, una fractura o una cavidad para acudir al profesional.

La prevención comienza desde la erupción de la primera pieza. El cepillado debe adaptarse a la edad y realizarse con una cantidad apropiada de pasta fluorada. Durante los primeros años, los adultos tienen que encargarse directamente de la limpieza, porque el niño todavía no posee la coordinación necesaria para alcanzar todas las superficies. Más adelante podrá asumir progresivamente la tarea, aunque seguirá necesitando supervisión durante bastante tiempo. Las recomendaciones sanitarias coinciden en aconsejar el cepillado dos veces al día, prestando especial atención al que se realiza antes de dormir.

El odontopediatra puede enseñar a padres e hijos cómo colocar el cepillo, qué movimientos utilizar y cómo llegar a las zonas que suelen quedar olvidadas. Esta demostración práctica es especialmente útil porque muchas familias cumplen con la rutina, pero no eliminan correctamente la placa acumulada junto a las encías o en las caras posteriores de los molares. El profesional también puede valorar cuándo conviene empezar a limpiar los espacios entre dientes, sobre todo cuando las piezas están muy juntas y el cepillo no logra acceder a esas áreas.

La alimentación constituye otra parte esencial de la prevención. El riesgo no depende únicamente de la cantidad total de azúcar consumida, sino también de la frecuencia con la que los dientes quedan expuestos a ella. Tomar pequeñas porciones dulces repetidamente durante el día mantiene el medio oral en condiciones favorables para la desmineralización. Los zumos, los batidos, las bebidas azucaradas, las golosinas pegajosas y algunos productos presentados como meriendas infantiles pueden aumentar esa exposición. El asesoramiento profesional ayuda a descubrir fuentes de azúcar que con frecuencia pasan inadvertidas.

Las revisiones permiten además aplicar medidas protectoras cuando están indicadas. El barniz de flúor puede reforzar el esmalte y favorecer la remineralización de lesiones muy iniciales. Los selladores de fosas y fisuras cubren los surcos profundos de determinados molares, donde se retienen con facilidad restos y bacterias. Estas intervenciones no sustituyen al cepillado, pero aportan una protección complementaria en niños con mayor susceptibilidad. Su utilización debe decidirse tras examinar la boca y valorar el riesgo individual.

La erupción dental también requiere seguimiento. Aunque existen edades aproximadas para la salida de cada pieza, el ritmo varía entre unos niños y otros. El odontopediatra comprueba que los dientes aparezcan en una secuencia razonable, que dispongan de espacio y que no existan obstáculos que impidan su avance. Una ausencia prolongada, una posición inesperada o una diferencia llamativa entre ambos lados de la boca pueden justificar una exploración más detallada. La detección temprana permite decidir si basta con observar o si conviene intervenir.

La forma en que encajan los dientes superiores e inferiores puede proporcionar información sobre el crecimiento de los maxilares. Algunas alteraciones se relacionan con factores hereditarios, mientras que otras pueden verse favorecidas por hábitos mantenidos durante demasiado tiempo. La succión del pulgar, el uso prolongado del chupete, la respiración oral o determinadas formas de deglución pueden influir en la mordida. El odontopediatra valora cada situación sin alarmar innecesariamente y determina si el hábito desaparecerá por sí solo o necesita corrección.

Los traumatismos representan otro motivo frecuente de consulta. Las caídas durante el juego, la práctica deportiva o los accidentes domésticos pueden provocar fracturas, desplazamientos o pérdidas dentales. La respuesta debe adaptarse a si se trata de una pieza temporal o definitiva, porque las actuaciones no son iguales. La evaluación rápida mejora las posibilidades de conservar el diente y permite comprobar si existen lesiones en el hueso, los labios o las encías. Las familias también reciben instrucciones para observar cambios posteriores de color, movilidad o sensibilidad.

El dolor dental puede repercutir mucho más allá de la boca. Un niño con una caries avanzada puede dormir mal, rechazar ciertos alimentos, mostrarse irritable o tener dificultades para concentrarse en clase. La OMS advierte de que las caries graves pueden causar abscesos, interferir en la alimentación y limitar las actividades cotidianas. Cuando el problema se mantiene, puede afectar al rendimiento escolar, a la comunicación y a la participación en juegos o relaciones sociales.

La odontopediatría también presta atención a los tejidos blandos. Las encías pueden sangrar por la acumulación de placa, pero también existen aftas, lesiones por mordedura, alteraciones del frenillo y cambios en la mucosa que requieren observación. La exploración periódica de labios, lengua, mejillas, paladar y suelo de la boca permite valorar la evolución y distinguir procesos pasajeros de aquellos que necesitan tratamiento o derivación a otro especialista.

Los niños con enfermedades crónicas, discapacidad o necesidades sensoriales pueden requerir una planificación particular. Algunos medicamentos reducen la producción de saliva o contienen azúcares; determinadas condiciones dificultan el cepillado; y ciertos pacientes sienten rechazo ante los sonidos, olores o texturas de la consulta. El odontopediatra adapta los tiempos, la comunicación y las técnicas para facilitar una atención segura. En ocasiones es necesario colaborar con pediatras, logopedas, ortodoncistas, cirujanos, fisioterapeutas u otros profesionales.

La dimensión emocional de la consulta merece tanta atención como el tratamiento técnico. Las primeras experiencias influyen en la actitud que una persona mantendrá hacia el dentista durante años. Un entorno adaptado, una explicación comprensible y una aproximación gradual reducen el miedo. El profesional emplea palabras adecuadas para la edad, muestra algunos instrumentos antes de utilizarlos y refuerza la cooperación sin recurrir a amenazas. Esta relación de confianza facilita las revisiones y disminuye el riesgo de que el niño llegue únicamente cuando el dolor ya es intenso.

La colaboración familiar resulta imprescindible, tal y como nos apunta el Dr. Jon Bassanini, odontólogo de la clínica Quintana 1 Dental, quien nos cuenta que los adultos transmiten hábitos, pero también emociones. Cuando describen la consulta como un castigo o relatan experiencias negativas delante del menor, pueden aumentar su inquietud. Presentarla como una parte habitual del cuidado corporal favorece una actitud más tranquila. También conviene evitar prometer que “no va a pasar nada”, porque cualquier sensación inesperada puede interpretarse como un engaño. Es preferible explicar que el profesional revisará la boca y contará lo que vaya haciendo.

Las visitas periódicas permiten comprobar si las recomendaciones funcionan y modificarlas cuando sea necesario. Un niño que inicialmente presenta pocas dificultades puede aumentar su riesgo al cambiar de alimentación, comenzar un tratamiento médico o atravesar una etapa en la que descuida la higiene. La adolescencia introduce nuevos desafíos, como el consumo frecuente de bebidas energéticas, el uso de aparatos de ortodoncia, los piercings orales o una menor supervisión familiar. Mantener el seguimiento evita que la prevención termine al abandonar la primera infancia.

También existe una importante dimensión social. La caries no se distribuye de manera uniforme y afecta con mayor intensidad a menores que encuentran barreras económicas, geográficas o educativas para acceder a la atención. La OMS reconoce una relación consistente entre la situación socioeconómica y la gravedad de la enfermedad dental. Por ello, los programas escolares, la educación sanitaria y el acceso temprano a revisiones pueden reducir desigualdades que, de otro modo, se prolongarían durante la vida adulta.

¿Qué tratamientos dentales para los más pequeños cubre la sanidad pública?

La sanidad pública española ofrece a la población infantil una cartera de atención bucodental más amplia que la disponible para la mayoría de los adultos. El marco común del Sistema Nacional de Salud comprende a los menores desde el nacimiento hasta los 14 años, ambos inclusive, aunque la organización de las consultas, los profesionales disponibles y algunos servicios adicionales dependen de cada comunidad autónoma. Por eso, dos familias residentes en territorios distintos pueden encontrar diferencias en los procedimientos de citación o en las prestaciones complementarias.

Entre las actuaciones financiadas se encuentra la exploración periódica de la boca. Cuando el dentista lo considera necesario, esta valoración puede completarse con radiografías. La cartera pública contempla asimismo el cálculo del riesgo de caries, especialmente durante los dos primeros años, para decidir la frecuencia con la que debe ser atendido cada menor y seleccionar las intervenciones apropiadas.

La cobertura incluye la aplicación de productos remineralizantes, antisépticos o destinados a disminuir la sensibilidad. También pueden realizarse sellados de fosas y fisuras, con los que se cubren determinados relieves dentales, y tartrectomías para retirar depósitos endurecidos. Estas prestaciones pueden aplicarse tanto sobre piezas temporales como permanentes cuando exista una indicación profesional. En los dientes de leche, el sistema contempla procedimientos de mínima intervención orientados a detener el avance de las lesiones.

Cuando la caries, un golpe u otra enfermedad ha producido una cavidad en un diente definitivo, están financiadas las obturaciones siempre que no exista un daño irreversible en la pulpa. La respuesta pública ante los traumatismos de incisivos y caninos permanentes puede abarcar la recolocación y estabilización de la pieza, la colocación de una férula, la sutura de tejidos blandos y, en ciertos casos, el tratamiento pulpar.

Los menores tienen acceso además a la atención de infecciones, inflamaciones, heridas de la mucosa y lesiones que afecten a dientes o huesos. Cuando resulte clínicamente imprescindible, la cartera general incorpora medicación, extracciones convencionales o quirúrgicas y pequeñas intervenciones de cirugía oral.

No toda la odontología infantil queda financiada, ya que la cartera común excluye los empastes definitivos y los tratamientos pulpares de los dientes temporales. Tampoco cubre generalmente las endodoncias de las piezas permanentes, salvo las previstas tras determinados traumatismos anteriores. La ortodoncia, la extracción de dientes sanos solicitada únicamente por razones ortodóncicas, los tratamientos exclusivamente estéticos, los implantes y la mayoría de las prótesis quedan igualmente fuera.

Algunas autonomías pueden ampliar estas prestaciones mediante programas propios o conciertos con clínicas privadas. Para acceder a ellas, normalmente hay que acudir al centro de salud o a la unidad pública de salud bucodental correspondiente. El Ministerio de Sanidad continúa financiando la expansión territorial de esta asistencia y en mayo de 2026 autorizó otros 60 millones de euros para reforzarla, aunque la cobertura efectiva todavía no alcanza a toda la población infantojuvenil.

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