Hablar de salud mental se ha vuelto mucho más habitual durante los últimos años, pero todavía podemos tener dudas sobre cuándo resulta conveniente pedir ayuda. Todos atravesamos días malos, épocas de mayor preocupación, problemas familiares, dificultades en el trabajo o momentos en los que simplemente nos sentimos con menos energía. Experimentar tristeza, nervios o cansancio emocional de vez en cuando forma parte de nuestra vida y no significa automáticamente que tengamos un trastorno. La dificultad aparece cuando ese malestar empieza a mantenerse, aumenta de intensidad o comienza a interferir de manera evidente en nuestro día a día.
Muchas veces esperamos demasiado porque pensamos que debemos solucionar nuestros problemas solos. Podemos decirnos que ya se nos pasará, que otras personas están peor o que pedir ayuda sería exagerar una situación que quizá no consideramos suficientemente grave. Sin embargo, acudir a un profesional de la salud mental no tiene por qué ser una decisión reservada únicamente para momentos extremos. También puede servir para comprender qué nos está ocurriendo, recibir una valoración profesional y conocer qué opciones tenemos para afrontar una situación que empieza a resultarnos difícil.
No existe una señal universal que nos indique exactamente cuándo debemos pedir ayuda. Cada persona tiene unas circunstancias diferentes y puede experimentar el malestar de una manera particular. Aun así, existen algunos cambios que merecen la pena observar, especialmente cuando se mantienen durante un tiempo. Nuestro sueño, nuestras relaciones, el estado de ánimo, la capacidad para concentrarnos o las ganas de realizar actividades que antes disfrutábamos pueden ofrecernos pistas de que quizá necesitamos detenernos y prestar más atención a cómo nos encontramos.
No tenemos que esperar a encontrarnos completamente desbordados
Existe una idea bastante extendida de que solamente debemos acudir a un profesional cuando sentimos que ya no podemos continuar. Esto hace que algunas personas soporten durante meses situaciones de ansiedad, tristeza o agotamiento pensando que todavía no están lo suficientemente mal como para buscar ayuda. Sin embargo, podemos pedir una valoración mucho antes. Igual que consultamos por una molestia física que persiste sin esperar necesariamente a que se convierta en algo insoportable, también podemos prestar atención a nuestro bienestar emocional antes de llegar al límite.
El problema es que nos acostumbramos con facilidad a sentirnos mal. Podemos normalizar levantarnos cada mañana con una sensación constante de preocupación, dormir pocas horas durante semanas o perder progresivamente el interés por aquello que antes nos hacía disfrutar. Como los cambios pueden producirse poco a poco, terminamos incorporándolos a nuestra rutina y pensamos que simplemente estamos atravesando una época complicada. Es precisamente esa continuidad la que debería hacernos observar la situación con algo más de atención.
Una pregunta bastante útil es plantearnos si nuestra forma de vivir ha cambiado debido a cómo nos sentimos. Quizá hemos dejado de quedar con amigos, evitamos determinadas situaciones por miedo, nos cuesta concentrarnos en el trabajo o necesitamos realizar un esfuerzo enorme para completar actividades que antes hacíamos con normalidad. No necesitamos poner nosotros mismos un nombre a lo que ocurre. Precisamente, una valoración profesional puede ayudarnos a comprenderlo.
Cuando la ansiedad empieza a dirigir nuestras decisiones
Todos sentimos preocupación en algún momento. Podemos ponernos nerviosos antes de una entrevista de trabajo, preocuparnos por un problema familiar o sentir incertidumbre ante un cambio importante. Estas reacciones tienen sentido dentro de determinadas circunstancias. Sin embargo, la situación cambia cuando la preocupación aparece constantemente, resulta difícil de controlar o comienza a condicionar decisiones que antes tomábamos sin demasiados problemas.
Podemos empezar a evitar lugares, conversaciones, viajes o situaciones sociales porque anticipamos que algo malo sucederá. También pueden aparecer sensaciones físicas como tensión, palpitaciones, molestias digestivas, dificultad para relajarnos o problemas para dormir. Estos síntomas pueden tener diferentes causas y no deberíamos asumir por nuestra cuenta que todo se debe necesariamente a la ansiedad. Una valoración profesional permite estudiar lo que está ocurriendo y determinar qué pasos pueden resultar apropiados.
La intensidad también importa. Una preocupación puntual que desaparece cuando resolvemos el problema no es lo mismo que permanecer prácticamente todo el día pensando en posibles amenazas o dificultades. Si sentimos que nuestra mente está continuamente anticipando problemas, que no conseguimos desconectar o que estamos modificando nuestra vida para evitar aquello que nos genera miedo, puede ser un buen momento para consultar y conocer mejor qué está sucediendo.
Una valoración profesional puede ayudarnos a entender qué está pasando
Uno de los motivos por los que podemos retrasar la búsqueda de ayuda es pensar que acudir a un profesional significa recibir inmediatamente un diagnóstico o comenzar un tratamiento concreto. Sin embargo, el primer paso consiste precisamente en valorar nuestra situación. Para hacerlo es necesario conocer nuestros síntomas, cuánto tiempo llevan presentes, cómo afectan a nuestra vida y qué circunstancias personales, familiares, sociales o físicas pueden estar relacionadas con ellos.
Según explica la experta López Serra Psiquiatría, en una primera consulta puede realizarse una evaluación integral para posteriormente plantear un plan de tratamiento personalizado. En este ámbito se abordan problemas como los trastornos de ansiedad, los trastornos depresivos y las alteraciones del sueño, además de cuestiones relacionadas con la salud mental integral de la mujer. Este planteamiento nos ayuda a entender que la atención en salud mental no debería reducirse a observar un único síntoma de manera aislada, sino que resulta importante conocer el conjunto de circunstancias de la persona antes de determinar cómo abordar el problema.
También debemos recordar que no todas las personas necesitarán exactamente el mismo tipo de atención. Dependiendo de la situación puede ser necesario recurrir a diferentes profesionales o combinar distintas formas de tratamiento. Lo importante es no intentar decidirlo todo por nuestra cuenta antes de pedir ayuda. Podemos acudir precisamente porque tenemos dudas y necesitamos que alguien con formación valore aquello que estamos experimentando.
Los cambios en el estado de ánimo también merecen nuestra atención
Estar triste no significa necesariamente tener depresión. Podemos sentir tristeza después de una pérdida, una ruptura, una decepción o una etapa especialmente complicada. Nuestras emociones responden a aquello que vivimos y no debemos convertir automáticamente cualquier momento difícil en una enfermedad. Sin embargo, existen situaciones en las que la tristeza, la apatía o la pérdida de interés se mantienen y empiezan a afectar significativamente a nuestra vida cotidiana.
Podemos notar que actividades que antes disfrutábamos han dejado de interesarnos, que nos cuesta levantarnos, que nuestra energía ha disminuido o que cada tarea requiere un esfuerzo mucho mayor. También pueden producirse cambios en el apetito, el sueño, la concentración o la manera en la que nos relacionamos con otras personas. No todos experimentamos estos cambios de la misma manera, por lo que comparar constantemente nuestro caso con el de otra persona puede llevarnos a minimizar aquello que estamos sintiendo.
Lo importante es observar la evolución. Si llevamos un tiempo sintiéndonos diferentes y no encontramos una mejoría, pedir ayuda puede permitirnos entender qué está ocurriendo. No tenemos que llegar a una consulta sabiendo exactamente qué nos pasa ni utilizando términos médicos. Explicar que llevamos semanas sin ganas de hacer nada, que nos cuesta dormir o que hemos perdido interés por nuestras actividades habituales ya proporciona información desde la que un profesional puede comenzar a valorar nuestra situación.
Dormir mal durante mucho tiempo también puede ser una señal
Una mala noche puede ocurrirle a cualquiera. El problema aparece cuando dormir mal se convierte en algo habitual y empezamos a organizar nuestra vida alrededor del cansancio. Podemos tardar mucho en quedarnos dormidos, despertarnos varias veces, abrir los ojos demasiado pronto o levantarnos con la sensación de no haber descansado. Si esta situación se mantiene, nuestro estado de ánimo, nuestra capacidad de concentración y nuestro rendimiento cotidiano pueden verse afectados.
Además, sueño y bienestar emocional pueden relacionarse de diferentes maneras. Podemos dormir peor durante una época de preocupación y, al mismo tiempo, el cansancio acumulado puede hacer que afrontemos peor determinadas dificultades. Por eso no siempre resulta sencillo identificar qué apareció primero. También existen causas físicas y hábitos que pueden influir en el descanso, de modo que conviene evitar asumir automáticamente que cualquier problema de sueño tiene un origen psicológico.
Entre los cambios que podemos observar en nuestro día a día encontramos:
- Dificultad frecuente para conciliar o mantener el sueño.
- Preocupación constante que nos cuesta controlar.
- Pérdida de interés por actividades que antes disfrutábamos.
- Irritabilidad que empieza a afectar a nuestras relaciones.
- Problemas para concentrarnos o realizar tareas habituales.
- Tendencia a aislarnos de familiares o amigos.
- Sensación persistente de tristeza, vacío o agotamiento.
- Uso creciente de alcohol u otras sustancias para intentar afrontar el malestar.
Una señal aislada no permite saber qué nos ocurre, pero cuando varios cambios aparecen juntos, persisten o afectan de manera importante a nuestra vida, puede resultar razonable consultar.
Nuestras relaciones y nuestro trabajo pueden mostrarnos cambios que no habíamos visto
A veces somos los últimos en darnos cuenta de que algo ha cambiado. Podemos pensar que simplemente estamos más cansados mientras nuestra pareja observa que llevamos semanas irritables o nuestra familia nota que apenas participamos en conversaciones. Las personas cercanas no pueden diagnosticarnos, pero sus observaciones pueden ayudarnos a detectar modificaciones en nuestro comportamiento que nosotros habíamos normalizado.
El trabajo también puede convertirse en un indicador. Si antes conseguíamos concentrarnos y ahora necesitamos revisar continuamente lo que hacemos, si comenzamos a cometer errores por falta de atención o si levantarnos para ir a trabajar se convierte cada mañana en una dificultad enorme, conviene preguntarnos qué está ocurriendo. Esto no significa necesariamente que exista un trastorno mental, ya que también puede haber problemas laborales, físicos o personales detrás del cambio.
Algo parecido sucede con nuestras relaciones sociales. Dejar de acudir ocasionalmente a una reunión porque estamos cansados es completamente normal. Sin embargo, si empezamos a rechazar sistemáticamente cualquier plan, evitamos llamadas, dejamos de responder mensajes y sentimos que relacionarnos con otras personas supone un esfuerzo que antes no existía, quizá merezca la pena prestar atención. Lo importante no es analizar cada comportamiento de manera aislada, sino observar cómo hemos cambiado respecto a nuestra forma habitual de vivir.
Pedir ayuda no significa que necesariamente vayamos a necesitar medicación
Una preocupación habitual cuando pensamos en acudir a psiquiatría es creer que la consulta terminará necesariamente con una receta. La realidad es que cualquier tratamiento debe partir de una valoración individual. Dependiendo del problema, su intensidad, nuestras circunstancias y otros factores, las necesidades pueden ser diferentes. También puede ser necesario valorar la intervención de otros profesionales de la salud mental.
El Ministerio de Sanidad establece dentro de su estrategia de salud mental que la atención debe situar a la persona en el centro, favorecer el diálogo y la escucha activa y plantear un tratamiento individualizado adaptado a las necesidades de cada momento. También señala la importancia de una evaluación que tenga en cuenta los diferentes problemas que afectan a la persona. Esta perspectiva ayuda a entender por qué no deberíamos pensar que existe una única respuesta válida para todo el mundo.
Preguntar también forma parte del proceso. Si tenemos dudas sobre un diagnóstico, un tratamiento, sus objetivos o el tiempo durante el que puede mantenerse, podemos plantearlas durante la consulta. Comprender qué estamos haciendo y por qué lo hacemos puede ayudarnos a participar activamente en nuestro propio cuidado. La salud mental no debería convertirse en algo que simplemente nos sucede mientras otra persona toma todas las decisiones por nosotros.
Hay situaciones en las que pedir ayuda no debería esperar
Aunque buena parte de los problemas emocionales pueden consultarse de manera programada, existen situaciones en las que necesitamos buscar ayuda con mayor rapidez. Si aparecen pensamientos de suicidio, sentimos que podemos hacernos daño, existe un riesgo inmediato para nosotros o para otras personas o atravesamos una crisis grave que no podemos manejar, no deberíamos esperar a una cita ordinaria. En esos momentos la prioridad es recibir atención inmediata.
En España existe la Línea 024, un recurso dirigido a personas con pensamientos, ideación o riesgo de conducta suicida, así como a familiares y personas cercanas que necesiten orientación ante este tipo de situaciones. Se trata de un servicio gratuito, confidencial y disponible las 24 horas todos los días del año. Este recurso no sustituye la atención profesional cuando sea necesaria y, si existe una emergencia vital inminente, debemos contactar directamente con el 112 para recibir ayuda inmediata.
Fuera de esas situaciones urgentes, tampoco necesitamos esperar a que nuestro malestar alcance un punto extremo. Si llevamos semanas sintiéndonos diferentes, nuestras relaciones están cambiando, dormimos mal, hemos perdido interés por aquello que antes disfrutábamos o simplemente sentimos que necesitamos comprender mejor lo que nos está pasando, pedir una valoración puede ser un primer paso razonable. Acudir a un profesional de la salud mental no significa admitir que hemos llegado al límite, sino reconocer que hay momentos en los que contar con ayuda especializada puede facilitarnos entender lo que vivimos y encontrar una manera adecuada de afrontarlo.


