Pintar, bailar, viajar, practicar yoga son pequeños detalles que los expertos consideran claves para conservar la juventud, aunque pasen los años. Parece que el dilema descansa en disfrutar de la vida sin que las preocupaciones y el estrés nos arruinen la existencia.
Vivimos tiempos contradictorios. A diferencia de las generaciones que nos precedieron, donde las obligaciones adquiridas marcaban el paso del tiempo, el disfrute personal y el hedonismo, bien entendido, continúan ocupando un papel importante en nuestras vidas.
Hoy, con 50 años, no nos vemos como a nuestros padres cuando tenían nuestra edad. La mejora en la calidad de vida ha influido en ello. Retrasar los ritmos vitales ha sido otro paso decisivo. Disfrutamos más tiempo de nuestra juventud. Nos casamos más tarde, tuvimos los hijos después, nos formamos para tener una carrera profesional satisfactoria y enriquecedora. Adoptamos otra filosofía de vida. No llegamos a este mundo para sufrir, sino para disfrutar. Pero el tiempo pasa inexorable. Y parece que hay un desfase entre nuestra edad física y nuestra mental.
Con 50 años nos sentimos jóvenes. Continuamos escuchando aquella música de los 80 que nos estremecía cuando éramos adolescentes. Cuando tenemos la oportunidad, acudimos a un concierto de nuestros artistas favoritos. Que, aunque se esfuerzan por conservar la energía de antes, no son precisamente unos niños. Nos volvemos locos por salir con los amigos un sábado por la noche, y recogernos en casa cuando apunta el amanecer. Pero el cuerpo ya no acompaña.
Una noche de juerga, un viaje, una escapada termina con el día siguiente sin poder movernos de la cama. Algunos coach de disciplinas holísticas opinan que ese deterioro natural se puede contrarrestar con una combinación de ejercicio físico y estimulación mental.
El diario peruano El Comercio publicó un interesante artículo sobre este tema. Recomendando un conjunto de actividades para sentirnos jóvenes cuando somos adultos mayores. El texto está orientado a lo que llamamos la tercera edad. Pero después de leerlo, pienso que es completamente aplicable a los que estamos incluidos en una edad intermedia. Entramos a ver algunas de estas actividades.
Bailar.
La revista Psicología y Mente subraya que bailar tiene la capacidad de aunar en una sola actividad el ejercicio físico aeróbico con los beneficios psicológicos y emocionales.
Bailar quema energía, pero también libera endorfina, dopamina y serotonina, que son las hormonas del bienestar, mejorando nuestro estado de ánimo al instante. Por otro lado, reduce los niveles de cortisol, que es la hormona responsable del estrés.
La música tiene un efecto estimulante sobre nuestra mente. Sobre todo si escuchamos la música que nos gusta, la que nos conecta con vivencias pasadas o con deseos y emociones íntimas. Esta música adquiere una dimensión diferente cuando la acompañamos con el cuerpo, cuando la bailamos. Ya que expresamos esas emociones personales por medio del movimiento.
El baile es una actividad social. Nos conecta con los demás. Es un potente desinhibidor. Disipa, en gran medida. Los prejuicios y las barreras mentales que nos impiden relacionarnos con las personas que tenemos alrededor.
Un aspecto importante del baile es que mejora la autoestima, aumenta la confianza en uno mismo. Nos dejamos llevar por la música y perdemos el miedo a hacer el ridículo. Nos mostramos tal y como nos sentimos. Y si nos sentimos jóvenes, así se lo mostramos a los demás.
Gimnasia mental.
Dice el periódico El Confidencial que cultivar la mente es fundamental para que nuestro organismo funcione correctamente a cualquier edad. El cerebro es el director de orquesta que coordina todo el cuerpo. Para eso debemos hacerlo trabajar.
Ejercicios tan sencillos como los juegos de cartas estimulan varias partes de nuestro cerebro, al tiempo que nos relacionamos con los demás. Fomenta la concentración, la solución rápida de problemas, el cálculo mental y nos invita a construir estrategias para ganar el juego.
Otro ejercicio que podemos calificar de gimnasia mental es hacer puzles. Igual que los juegos de cartas, aumentan nuestra concentración. Agudizan la vista y potencian la atención a los detalles. Al coger las piezas y encajarlas, trabajamos la motricidad fina. Completar un puzle es una competición contra nosotros mismos.
Aunque El Confidencial no habla de ello, un ejercicio mental bastante completo es aprender a tocar un instrumento musical. Al interpretar la música, ejercitamos varias partes del cerebro al mismo tiempo, como dice la revista Anales Ranm, trabajamos una parte de la corteza auditiva que se encuentra en el hemisferio izquierdo, que nos permite identificar los tonos, las notas musicales y el ritmo; y la parte del hemisferio derecho que percibe la melodía, la expresividad y la pieza musical en su conjunto.
Trabajar nuestra curiosidad es otra de las actividades que nos ayuda a mantenernos jóvenes. Se trata de leer, estudiar o ver documentales sobre un tema que nos apasione, como puede ser la astronomía, solo por el mero gusto de aprender.
Practicar yoga, pilates o mindfulness.
Los instructores de Centro Vidaes, un centro de actividades de Madrid en el que se imparten terapias, clases de yoga, sesiones de coach y otras disciplinas desde un enfoque holístico orientado a mejorar el bienestar individual, opinan que con el yoga, el pilates y la meditación se puede conservar la juventud y la vitalidad de una manera natural.
El pilates y el yoga tienen efectos físicos indiscutibles. Con ellos se ejercitan la fuerza y la flexibilidad. Permiten mantener el cuerpo en un buen estado físico de una manera más suave y menos intensa que con la actividad deportiva. Pero no nos vamos a centrar en este aspecto, que por supuesto alimenta la vitalidad, sino en su lado más espiritual, el que une a estas tres disciplinas. Y es que pilates, yoga y meditación equilibran el cuerpo, la mente y el espíritu. Combaten el estrés y la ansiedad. Dos de los fenómenos más devastadores y que más envejecen nuestro cuerpo y nuestra mente.
El simple hecho de realizar una sesión de yoga o de pilates, o detenernos un momento a meditar, dejándonos llevar por los sentidos y percibir lo que está sucediendo a nuestro alrededor, es un acto de autocuidado. Es reservar un tiempo para nosotros. Para conectar con nuestro interior. Olvidarnos por un instante de todas esas tensiones externas que acaparan nuestra mente y nos producen malestar.
Estas actividades son lo contrario al multitasking. El modo en el que funcionamos gran parte del día. En el que intentamos hacer a contrarreloj varias cosas al mismo tiempo. Aprender a parar es una enseñanza fundamental para mantenernos jóvenes por mucho tiempo.
Hacer teatro.
La interpretación es otra actividad rejuvenecedora. Tengo una amiga que con más de 50 años se inscribió en un grupo de teatro amateur sin tener ninguna experiencia previa, y según ella, fue un antes y un después en su vida.
El teatro conecta con nuestra infancia. Con aquella época en la que nos gustaba disfrazarnos y jugar a que éramos otra persona. Otro personaje. Si bien tendemos a darle una mayor trascendencia, el teatro tiene mucho de juego.
Me cuenta mi amiga, que interpretar teatro es un proceso de crecimiento personal. Ella se sigue poniendo nerviosa cada vez que tiene que salir al escenario. Sin embargo, siente que no puede tirar por tierra todo el trabajo hecho. Ese tiempo de ensayos en los que ha estado preparando la obra. No puede fallarse a sí misma, ni a sus compañeros. La adrenalina de los momentos previos le empuja a salir de escena. Una vez está sobre las tablas, se olvida del miedo escénico y se mete en el papel.
El teatro, entre otras cosas, le ha ayudado a vencer su timidez y a perder el miedo a hablar en público. Tras el vestuario del personaje, se siente otra persona.
Interpretar teatro, además, desarrolla la memoria. Como es lógico, debe aprenderse el texto. Fomenta la empatía, al tener que ponerse en la piel del personaje, y le ayuda a descubrirse, ya que tiene que aprender a expresar y controlar sus emociones. Los recursos interpretativos del actor, están en su interior.
Viajar.
Un viaje es siempre una experiencia. Una ruptura con la rutina. Por mucho que el viaje esté preparado, siempre hay un elemento de sorpresa que nos mantiene alerta, a la expectativa. Algo que, sin duda, nos rejuvenece.
Por otro lado, el viaje despierta nuestra curiosidad. Tenemos un tiempo limitado y queremos conocer el máximo de cosas posibles en esos días que dure nuestra aventura. Viajar es un cúmulo de vivencias y, al final, lo más importante de todo lo que atesoramos son los momentos que hemos vivido.
Hay viajeros de diferentes tipos. Los hay a quienes les gusta tenerlo todo preparado. Contratan packs de viajes y lo dejan todo amarrado antes de salir de casa y coger el medio de transporte. Otros prefieren la improvisación. Se dejan llevar por los vericuetos del camino. Hay a quien le encanta mezclarse con los oriundos de los destinos que visitan, procurando impregnarse de otras culturas. En todos los casos, el viaje es un placer para los sentidos. La excursión queda grabada en nuestra memoria, aunque hayamos vivido percances en el trayecto.
Viajar, si nos gusta, es una de esas actividades que nos van a impresionar a lo largo de todo nuestro periplo vital. Desde que somos niños hasta que envejecemos. Siempre vivimos con expectación el comienzo y el desarrollo de un viaje. Muchas personas enriquecen sus vidas con los viajes que van realizando.
Pintar cuadros.
Con pintar sucede algo parecido a la interpretación. Es más evidente todavía. Es un cable que nos une a nuestra infancia. Uno de nuestros primeros medios de expresión fue el dibujo. Muchos niños se expresan mejor dibujando, que hablando. A menudo las palabras engañan. Incluso cuando somos pequeños. Sin embargo, un dibujo, si sabemos interpretarlo, muestra con claridad la forma de entender el mundo y los sentimientos del pequeño.
Cuando somos mayores, los cuadros también son un canal de expresión. Aunque copiemos otro cuadro, aunque intentemos plasmar un paisaje, sentimientos como la rabia, la tristeza, la alegría, se dejan entrever en el trazo de las pinceladas y en el tono de los colores.
Son muchos los beneficios físicos, intelectuales y emocionales que nos reporta la pintura y que contrarrestan los efectos del paso del tiempo. Al pintar, desarrollamos la motricidad fina con los movimientos de muñeca y de dedos que realizamos al utilizar los pinceles. Agudizamos la vista y la atención a los detalles. Desarrollamos la concentración. Aprendemos a darle valor al tiempo y al esfuerzo, y a huir de las prisas.
Pintar un cuadro es una actividad en la que tenemos que poner todos los sentidos en lo que estamos haciendo. Esto nos ayuda a olvidarnos de las preocupaciones y a desconectar de la rutina. Por lo que tiene un poderoso efecto desestresante. Un bálsamo que contribuye a que nos sintamos jóvenes.
Tomarse la vida tal y como viene.
Un artículo publicado en la web de la BBC nos habla de Lucile Random, una monja francesa que vivió la Primera y la Segunda Guerra Mundial y que murió en Mónaco a los 118 años de edad. Justamente, Mónaco es uno de los países con mayor esperanza de vida del mundo. Otra de las regiones del planeta donde hay una alta longevidad son las provincias chinas de Hong Kong y Macao y el país de Japón.
Conociendo la historia de Lucile, una de las grandes conclusiones que podemos sacar de su vida, y tal vez, algo que le ayudó a vivir tanto tiempo, fue la de aprender a adaptarse a las circunstancias. Que no siempre fueron fáciles.
En el mundo actual tendemos a intentar tenerlo todo bajo control. Aspiramos a tener un control absoluto sobre nuestras vidas. Sin embargo, todo no lo podemos controlar. Hay cosas que se escapan a nuestro dominio. Eso nos crea ansiedad. Un trastorno que nos desgasta. Si las cosas no suceden como esperábamos, podemos sentirnos frustrados. Otro sentimiento que tampoco nos hace ningún bien.
No se trata, pues, de resignarnos con lo que nos venga, sino de adoptar otra actitud. Como decía John Lennon, “la vida es lo que te pasa mientras estás ocupado con otros planes”. Para sentirte joven, aparca de vez en cuando los planes y disfruta de la vida.


