El otro día, cuando estaba dando un paseo, me encontré con una mujer en el centro a la que no conozco de nada, pero como suele pasar, cuando te toca esperar te pones a hablar con otras personas. Bueno, una cosa llevó a la otra y hablamos del psicopedagogo, que como su hijo tiene más de 6 años no lo cubre la seguridad social y tiene que pagarlo ella (y un psicopedagogo no es nada barato, siendo sinceros…).
La cosa es que yo pensaba que un psicopedagogo trabajaba con niños pequeños, de entre 1 y 6 años, pero cuando esa mujer me dijo que su hijo tenía cerca de 8 y seguía yendo… me quedé pensando: ¿pero por qué, qué tiene que lo sigue necesitando?
Por eso, investigué qué enfermedades o trastornos del habla que afectan hasta la edad adulta se siguen tratando cuando eres más mayor, y me gustaría compartirlos contigo:
Los trastornos no se ven, tenlo en cuenta
Los especialistas del Centro Psicopedagógico, Cristina Hormigos, nos insisten en que muchos niños llegan porque tienen problemas que no se ven a simple vista, porque los padres no saben interpretarlos. No es solo que no aprendan bien, sino que se frustran rápido, se bloquean o no entienden del todo bien las instrucciones que para otras personas son normales.
Ahí es donde un psicopedagogo entra a analizar cómo piensa el niño y qué necesita para mejorar. Dicen que uno de los puntos más importantes es la detección temprana, pero que nunca es tarde para ayudar. Nos confirman que niños de todas las edades, de 8, 10 o incluso más grandes, pueden beneficiarse de ellos. Por ejemplo, pueden crear rutinas para organizar el estudio, enseñar métodos de memorización o trabajar con dificultades de lenguaje y matemáticas específicas. Solo hay que entender al niño.
Piensa además que un psicopedagogo actúa como puente entre la familia y la escuela, así que todos van a saber cómo apoyar y ayudar al niño, de forma que no se creen peleas, se mejore su rendimiento y aumente su motivación, porque cuando hay un especialista guiando, los niños confian más, y esas habilidades les sirven para toda la vida, que es lo bueno de todo esto.
Dificultades de aprendizaje
Cuando daba clases con Ana, noté que algo no iba del todo bien. Parecía que entendía las cosas, pero se frustraba rápido y se aburría muy rápido. Y no, no era que no pudiera aprender, sino que le costaba concentrarse y organizarse con las tareas.
Mientras trabajábamos, descubrí su problema. Me di cuenta de que le costaba seguir instrucciones largas, ordenar sus ideas al escribir y concentrarse en números o en proyectos grandes. A veces se bloqueaba y se sentía insegura, aunque en realidad sí yo la ayudaba. Ahí supe que pasaba algo raro.
Hablé con sus padres y les expliqué lo que pasaba. Les conté que Ana necesitaba apoyo extra y que necesitaba de estrategias diferentes que yo no podía darle para poder avanzar sin frustrarse. Les expliqué que no era un problema de capacidad, sino que su cerebro aprendía de forma diferente y qye necesitaba herramientas para organizarse y concentrarse mejor.
Les sugerí que fuera a un psicopedagogo. Con uno, Ana aprendió a dividir las tareas grandes en pasos pequeños, usar listas y calendarios, mejorar su memoria y concentrarse sin agobiarse. También trabajó cómo motivarse y no rendirse cuando algo le parecía difícil o aburrido.
Después de un tiempo, Ana estaba mucho mejor. Ya no se frustraba tanto y disfrutaba más de sus clases, y eso hizo que estudiar fuera mucho más fácil y divertido para ella.
Trastornos del lenguaje
Mi hermana tiene dos hijos, Hugo y Ezequiel, y el pequeño, que es Ezequiel, tenía problemas para hablar y expresarse, a pesar de que ya tenía dos años. A veces se trababa con algunas letras, mezclaba palabras o balbuceaba, y eso se notaba mucho cuando jugaba con su hermano, porque se mosrtraba más tímido. Se retraía.
Lo llevamos a un psicopedagogo y pude ver todo el proceso de cerca. El especialista le enseñó juegos y ejercicios para pronunciar mejor, organizar frases y aprender palabras nuevas. También nos explicó a nosotros, su familia, cómo apoyarlo en casa, así que todos fuimos parte de su avance. Poco a poco, Ezequiel empezó a ganar confianza y a hablar sin miedo a equivocarse.
Ahora Ezequiel ya no se frustra tanto, puede decir lo que siente y entiende mejor lo que le dicen los demás. Su confianza crece cada día, se atreve más a hablar con amigos y en familia, y aunque todavía le cuesta algunas letras, cada vez se expresa mejor y se siente más seguro y feliz.
Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)
El TDAH no desaparece solo porque el niño crezca, que es un mito que todos piensan. Mi esposo tiene TDAH y nunca lo ha tratado, simplemente porque jamás lo han diagnosticado. Era el “pavito”, el “lento”, el desobediente… pero no, solo era hiperactivo.
¿Qué pasa? Que como no lo trataron, de adulto tenía problemas que podrían haberse evitado. Le costaba concentrarse en varias cosas al mismo tiempo, se frustraba con tareas grandes y se perdía con cosas que para otros eran simples. También se distraía mucho, dejaba trabajos a medias y a veces no sabía ni por dónde empezar. Esto le generaba un gran estrés y le hacía sentirse incapacidad, aunque en realidad podía hacerlo todo, porque yo lo veía.
Nunca fue al psicopedagogo ni conoció sus herramientas, hasta ahora, de adulto, que empezó a trabajar con uno. Aprendió a dividir tareas grandes en pasos más pequeños, a usar listas y calendarios, y a mantener la atención sin agobiarse. También le enseñaron a canalizar su hiperactividad e impulsos, no para que se quedara quieto, sino para que usara esa energía de manera útil y productiva.
Poco a poco empecé a notar cambios: podía organizar mejor su día, cumplir tareas sin sentirse abrumado y manejar proyectos que antes le parecían imposibles. Su confianza creció y ahora se siente más capaz de enfrentar el trabajo y la vida diaria sin tanta frustración.
Dislexia
Yo soy disléxica, y es más común de lo que la gente cree. Los niños con dislexia tenemos problemas para leer y escribir bien, y no porque seamos tontos, sino porque confundimos letras, omitimos palabras o leemos muy despacio.
El psicopedagogo nos enseña técnicas para leer mejor y entender lo que leemos. Por ejemplo, a mí me hicieron ejercicios de conciencia fonológica, juegos de letras, y trabajaron con formas de organizar las palabras para que el cerebro las procesase más rápido. También nos ayuda con la escritura, enseñándonos a planificar textos y revisar nuestros errores.
La cosa es que la dislexia puede acompañar al niño hasta la adolescencia, si no se trata. Por eso también es necesario explicarles a los profesores cómo adaptar ñas tareas y los exámenes, para que no suspendamos nosotros solo por un trastorno que no podemos controlar.
Trastornos del espectro autista (TEA)
Jamás había conocido a un niño con TEA, así que me puse a investigar. Me di cuenta de que el autismo no se “cura”, pero se puede aprender a manejar y mejorar cosas como la comunicación, la socialización y organizar la vida diaria. Los psicopedagogos trabajan mucho en esto, enseñando a los niños a entender mejor las reglas sociales, comunicarse con los demás y aprender habilidades que les vengan bien en la escuela.
Un niño con TEA puede tener problemas para entender bromas o metáforas, seguir instrucciones o controlar sus emociones. Los especialistas enseñan estrategias con juegos y rutinas que ayudan a adaptarse tanto en clase como fuera de ella. También trabajan con los padres para crear un entorno predecible y reforzar habilidades en casa. Practicarlo todos los días marca la diferencia y hace que los niños se sientan más seguros y capaces.
Además, los psicopedagogos no solo se centran en lo académico, sino en lo cotidiano: aprender a esperar turnos, seguir instrucciones, organizar tareas y manejar la frustración. Para muchos niños con TEA, esto hace que la vida sea mucho más sencilla y que puedan desenvolverse mejor en la escuela y con los amigos.
Discalculia
Esto tampoco lo había visto personalmente, así que lo investigué y me parece muy curioso. La discalculia es cuando los números y las matemáticas cuestan mucho más de lo normal, y no es porque el niño no quiera aprender, sino porque su cerebro procesa los números de manera distinta. Es como la dislexia, pero con los números: pueden confundir operaciones, olvidarse de pasos o no entender conceptos que parecen sencillos, y esto hace que se agobien y dejen de prestar atención en clase.
Los psicopedagogos trabajan con ellos usando ejercicios prácticos y estrategias para organizar y visualizar los números. Por ejemplo, usan juegos, colores, tablas o métodos que convierten lo abstracto en algo más concreto, que es lo que realmente cuesta en matemáticas. También enseñan a planificar los problemas paso a paso, para que los niños no se pierdan ni se frustren mientras intentan resolverlos.
Sin apoyo, los niños con discalculia pueden perder confianza y bajar su rendimiento en la escuela, aunque tengan capacidad para aprender. Con la ayuda de un psicopedagogo, aprenden a entender los números a su manera y a mejorar poco a poco. Además, los especialistas enseñan a padres y profesores a explicar las cosas de forma clara y sencilla, para que el niño no se confunda. Así, las matemáticas dejan de dar miedo y se vuelven más fáciles de entender.
Trastornos de memoria y atención
Doy clases con Jose Antonio desde hace años y la verdad es que al principio era un caos: se distraía con cualquier cosa, se olvidaba de casi todo y nunca sabía por dónde empezar las tareas. Era súper capaz, pero eso lo hacía frustrarse mucho y a veces parecía que no quería hacer nada. Me costaba encontrar la manera de ayudarlo sin que se agobiara.
Con el tiempo, empecé a aplicar las cosas que me había enseñado un psicopedagogo. Lo primero fue enseñarle a organizar lo que tenía que estudiar y dividir las tareas grandes en pasos pequeños. Recuerdo cómo al principio se bloqueaba con cualquier ejercicio, pero poco a poco empezaba a intentar los pasos uno por uno y se sentía orgulloso cuando terminaba algo sin llorar ni frustrarse. También le enseñé juegos y dibujos para recordar mejor la información, y empezamos a repasar cosas antes de los exámenes de manera divertida. Cada pequeño avance me hacía ver que estaba aprendiendo a manejar su memoria y atención.
Antes se sentía perdido y dudaba de sí mismo, pero cada vez que aplicábamos una estrategia nueva y funcionaba, se le iluminaba la cara. Empezó a terminar tareas, a organizar sus cuadernos y a sentirse más seguro en clase. Yo también aprendí mucho con él: cómo enseñarle sin que se aburriera, cómo motivarlo y cómo celebrar los pequeños logros.
Al final, su progreso fue tan evidente que se empezó a notar incluso en su vida personal.
Trastornos de planificación y organización
El caso más intenso que tuve fue con Adrián, un niño de 12 años. Desde que empecé a darle clases vi que era incapaz de organizarse: olvidaba entregar los deberes, perdía todas las cosas y no sabía por dónde empezar los ejercicios. Al principio pensé que era despistado, porque hay niños MUY despistados, pero es que esto no era normal.
Lo peor eran sus reacciones. No se mostraba tímido ni inseguro, sino que se enfadaba de verdad. Recuerdo una vez que se quedó atascado con un ejercicio, se levantó, tiró la silla y empezó a gritar. Me costó un montón calmarlo, y su madre estaba desesperada cuando se lo conté, incluso con ganas de llorar. Otras veces se traía la mochila vacía, así que tenía que revisársela varias veces, y la mitad de la clase se nos iba en que su madre se las trajese. Era agotador, creo quefue el alumno que más me sacó de mis casillas, y al principio me frustraba mucho también, pero no podía juzgarlo, porque no era culpa suya.
Hablé con un psicopedagogo y me dijo que probase estos simples trucos: dividirle las tareas grandes en más pequeñas, usar listas, marcar fechas en el calendario, crear hábitos diarios para cumplir con todo… Fue muy despacio lento y siguió perdiendo cosas unas semanas, pero los pequeños logros lo ponían orgulloso y, gracias a ello, aprendió a entregar tareas a tiempo y a controlar un poco sus arrebatos, aunque de vez en cuando todavía se frustraba.
Lo más bonito fue ver cómo cambiaba su actitud. Ya no se enfadaba con tanta violencia, podía planificar sus tareas y su confianza creció mucho. Ver esa transformación fue increíble: pasó de perderse en sus cosas y reaccionar con una rabia enorme, a poder organizarse y sentirse más seguro con lo que hacía.


