Utilizamos el coche para ir al trabajo, llevar a los niños al colegio, hacer la compra o recorrer cientos de kilómetros durante las vacaciones y, precisamente porque forma parte de nuestra rutina, muchas veces dejamos de prestar atención a su estado hasta que aparece una avería. Nos acostumbramos a subir, arrancar y conducir pensando que todo funciona correctamente porque el vehículo responde como siempre, aunque algunos componentes pueden ir deteriorándose poco a poco sin presentar un fallo evidente de un día para otro. Por eso el mantenimiento periódico tiene tanta importancia, especialmente cuando hablamos de elementos directamente relacionados con nuestra seguridad.
No todos los componentes necesitan revisarse con la misma frecuencia ni podemos establecer un calendario idéntico para cualquier automóvil. Influyen la antigüedad, los kilómetros recorridos, el tipo de conducción, las indicaciones del fabricante y las condiciones en las que utilizamos el vehículo. Un coche que recorre diariamente muchos kilómetros por carretera no tiene exactamente las mismas necesidades que otro utilizado principalmente para pequeños desplazamientos urbanos, pero ambos necesitan que prestemos atención a neumáticos, frenos, cristales, limpiaparabrisas, luces, líquidos, batería y otros elementos básicos.
Los neumáticos son nuestro contacto directo con la carretera
Podemos tener un motor perfectamente mantenido y numerosos sistemas electrónicos de seguridad, pero finalmente son los neumáticos los que mantienen el contacto del vehículo con el asfalto. Su estado influye en la adherencia, la estabilidad y la capacidad de frenado, especialmente cuando circulamos con lluvia o sobre superficies de menor adherencia. Sin embargo, al deteriorarse progresivamente, podemos acostumbrarnos a su aspecto y no darnos cuenta de que necesitan atención.
Conviene comprobar regularmente la presión siguiendo las recomendaciones correspondientes al vehículo y hacerlo preferentemente con los neumáticos en frío. También debemos observar el dibujo, posibles cortes, grietas, deformaciones y desgastes irregulares. La Dirección General de Tráfico recuerda que la profundidad mínima legal del dibujo es de 1,6 milímetros, aunque no deberíamos entender ese límite como una invitación a olvidarnos de los neumáticos hasta alcanzar exactamente esa cifra. Su estado general es tan importante como la profundidad de las ranuras.
Un desgaste desigual puede proporcionar además información sobre otros problemas. Si observamos que una zona del neumático se deteriora mucho más rápidamente que otra, conviene averiguar el motivo en lugar de limitarnos a sustituir la rueda y continuar circulando. La alineación, la suspensión, la presión incorrecta o determinadas circunstancias mecánicas pueden influir en la forma en la que se desgasta un neumático, por lo que observarlos de vez en cuando nos ayuda a conocer mejor el estado general del vehículo.
Los frenos no deberían revisarse solamente cuando empiezan a hacer ruido
El sistema de frenado es uno de esos elementos que utilizamos constantemente y cuya importancia resulta evidente. A pesar de ello, podemos acostumbrarnos progresivamente a determinados cambios. Quizá el pedal tenga un comportamiento diferente, aparezca una pequeña vibración o necesitemos algo más de distancia para detener el coche. Como estos cambios pueden producirse poco a poco, no siempre somos conscientes inmediatamente de que algo ha variado.
La DGT recomienda prestar atención al mantenimiento de pastillas o zapatas, discos y nivel del líquido de frenos. También debemos estar atentos a síntomas como ruidos, vibraciones, cambios en el tacto del pedal o desviaciones durante la frenada. No necesitamos convertirnos en mecánicos para detectar que el vehículo se comporta de una manera diferente a la habitual. Si aparece alguno de estos síntomas, lo razonable es hacer revisar el sistema.
Además, debemos recordar que los frenos trabajan conjuntamente con otros componentes. El estado de los neumáticos y de la suspensión también influye en la capacidad del vehículo para detenerse y mantener la estabilidad. Por eso una revisión del coche debería entenderse como una valoración conjunta de diferentes elementos y no como una serie de piezas completamente independientes.
El parabrisas es mucho más importante de lo que parece
Normalmente pensamos en el parabrisas como el cristal que nos protege del viento, la lluvia y los objetos procedentes del exterior, pero su función dentro del automóvil es más amplia. Necesitamos que nos permita mantener una buena visibilidad y, además, en los vehículos actuales puede servir como soporte para cámaras y sensores relacionados con diferentes sistemas de asistencia a la conducción. Un pequeño impacto que inicialmente parece solamente estético puede terminar afectando a una zona mayor del cristal si evoluciona con el tiempo. Hablando con los especialistas de E.E. Motor, me explicaron que dentro del mantenimiento del automóvil también debemos prestar atención al estado de los cristales, especialmente cuando encontramos impactos, fisuras o daños que puedan afectar al parabrisas. Revisarlos permite valorar cada situación y determinar si existe algún deterioro que requiera intervención. Más allá de la apariencia del coche, mantener las lunas en buenas condiciones está directamente relacionado con algo tan básico como disponer de una correcta visibilidad mientras conducimos.
También debemos observar las escobillas. Un parabrisas perfectamente limpio sirve de poco si comienza a llover y el limpiaparabrisas deja franjas de agua, hace un barrido irregular o genera marcas que dificultan la visión. Las gomas se deterioran por el uso, el sol y los cambios de temperatura, por lo que conviene comprobar su funcionamiento antes de encontrarnos con una tormenta en carretera.
Las luces sirven tanto para ver como para que nos vean
Cuando conducimos de noche, resulta evidente la importancia de los faros, pero el sistema de iluminación cumple muchas más funciones. Intermitentes, luces de freno, posición, marcha atrás y antiniebla permiten comunicar nuestras acciones y hacer que otros usuarios puedan detectarnos correctamente. Una bombilla que deja de funcionar puede parecer una avería pequeña, pero reduce la información que estamos proporcionando a quienes circulan alrededor.
Comprobar las luces es relativamente sencillo y podemos hacerlo periódicamente con ayuda de otra persona o aprovechando determinadas superficies donde podamos observar su reflejo. Debemos verificar que funcionan correctamente y prestar atención a cualquier aviso que aparezca en el cuadro de instrumentos. En el caso de los faros también importa su regulación, porque iluminar demasiado alto puede molestar a otros conductores y una iluminación excesivamente baja puede reducir nuestra capacidad para anticiparnos a aquello que encontramos en la carretera.
Los propios faros necesitan mantenerse limpios. Barro, polvo, insectos y suciedad pueden acumularse sobre la superficie y reducir la calidad de la iluminación. Es un detalle muy sencillo, pero demuestra que el mantenimiento del vehículo no siempre implica desmontar componentes o realizar operaciones mecánicas complejas. Algunas acciones básicas pueden ayudarnos a conservar unas condiciones adecuadas para circular.
Los líquidos del coche necesitan nuestra atención
Debajo del capó encontramos diferentes líquidos que permiten que varios sistemas funcionen correctamente. Aceite del motor, refrigerante, líquido de frenos y líquido limpiaparabrisas son algunos de los más conocidos. Cada uno cumple una función diferente y debemos seguir las indicaciones correspondientes para comprobarlos y sustituirlos cuando sea necesario.
El aceite resulta fundamental para la lubricación del motor, mientras que el refrigerante ayuda a mantener la temperatura de funcionamiento dentro de los márgenes previstos. El líquido de frenos forma parte del sistema de frenado y el del limpiaparabrisas parece mucho menos importante hasta que necesitamos limpiar rápidamente barro, polvo o insectos durante un viaje. Tenerlos en cuenta dentro del mantenimiento evita que solamente nos acordemos de ellos cuando aparece un problema.
También debemos prestar atención a pérdidas o disminuciones anormales. Rellenar continuamente un depósito sin preguntarnos por qué baja su nivel puede ocultar un problema que necesita ser revisado. Si encontramos manchas debajo del coche, detectamos una pérdida evidente o algún nivel disminuye de una manera poco habitual, conviene identificar la causa.
La batería suele acordarse de nosotros en el peor momento
Giramos la llave o pulsamos el botón de arranque y esperamos que el motor cobre vida inmediatamente. Cuando no ocurre, la batería se convierte de repente en nuestra principal preocupación. El problema es que muchas veces no pensamos en ella durante meses o años mientras continúa realizando su trabajo sin llamar la atención.
La batería alimenta diferentes elementos eléctricos y resulta esencial durante el arranque. El frío, el calor, la antigüedad, largos periodos de inactividad y determinados hábitos pueden afectar a su funcionamiento. Si empezamos a notar dificultades al arrancar o detectamos comportamientos eléctricos extraños, merece la pena comprobar su estado antes de esperar a que deje de responder completamente.
En coches modernos, además, la electrónica tiene una presencia enorme. Esto hace que un suministro eléctrico adecuado sea especialmente importante y que determinadas operaciones relacionadas con la batería puedan requerir procedimientos específicos. Por eso no siempre deberíamos tratarla como un componente que simplemente quitamos y sustituimos sin tener en cuenta las características del vehículo.
La dirección también puede avisarnos de que algo ha cambiado
Conocemos perfectamente cómo se siente el volante de nuestro coche porque lo utilizamos continuamente. Precisamente por eso deberíamos prestar atención cuando aparece una dureza diferente, vibraciones, ruidos o una sensación de holgura que antes no existía. También puede resultar llamativo que el vehículo tienda a desviarse o que los neumáticos presenten un desgaste poco uniforme.
La dirección está directamente relacionada con nuestra capacidad para controlar la trayectoria, por lo que cualquier comportamiento anormal merece atención. A veces la causa puede ser relativamente sencilla y otras puede estar relacionada con componentes que necesitan una revisión más profunda.
Lo importante es no normalizar los cambios. Cuando utilizamos un coche todos los días podemos terminar adaptándonos a pequeñas anomalías y olvidar cómo funcionaba anteriormente. Si algo empieza a sentirse diferente, especialmente en sistemas relacionados con dirección, frenado o estabilidad, merece la pena averiguar el motivo.
Antes de un viaje largo merece la pena dedicar unos minutos al coche
Las vacaciones son uno de esos momentos en los que exigimos mucho más al vehículo. Podemos pasar de realizar trayectos cortos durante semanas a recorrer cientos de kilómetros cargados con pasajeros y equipaje. Por eso resulta lógico comprobar su estado con suficiente antelación y no esperar a la misma mañana del viaje.
Neumáticos, frenos, luces, líquidos, limpiaparabrisas y batería son algunos de los puntos que merecen atención. También deberíamos comprobar que llevamos los elementos obligatorios y que conocemos cómo actuar ante una avería o incidencia. Preparar el coche forma parte de preparar el viaje.
Si detectamos cualquier anomalía, tendremos además tiempo para solucionarla sin prisas. Descubrir el día anterior que necesitamos cambiar unos neumáticos o revisar los frenos puede complicar nuestros planes. Hacer las comprobaciones con antelación nos permite organizar mejor cualquier intervención necesaria.
La ITV no sustituye el mantenimiento periódico
Superar una inspección técnica significa que el vehículo cumple las condiciones exigidas en el momento en que se realiza la inspección, pero no quiere decir que podamos olvidarnos de su mantenimiento hasta la siguiente cita. Durante los meses siguientes continuamos recorriendo kilómetros y los componentes siguen desgastándose.
Tampoco deberíamos preparar el coche únicamente cuando se aproxima la ITV. Si una luz lleva meses sin funcionar o los neumáticos necesitan atención, el problema existe independientemente de que tengamos una inspección programada. Mantener el vehículo correctamente durante todo el año resulta mucho más lógico que intentar corregir varias deficiencias de golpe unos días antes.
La inspección y el mantenimiento cumplen funciones relacionadas, pero diferentes. La primera comprueba determinadas condiciones reglamentarias del vehículo y el segundo forma parte del cuidado continuo que necesitamos realizar para conservarlo en un estado adecuado.
Cuidar el coche también es una cuestión de seguridad
Un automóvil está formado por miles de componentes y sería imposible que cualquier conductor conociera en profundidad el funcionamiento de todos ellos. Afortunadamente, tampoco necesitamos hacerlo. Lo que sí podemos aprender es a observar las señales básicas que nos proporciona nuestro vehículo y mantener las revisiones que correspondan.
Neumáticos, frenos, dirección, suspensión, parabrisas, escobillas, iluminación, líquidos y batería no deberían convertirse en preocupaciones únicamente cuando fallan. Revisarlos periódicamente nos permite detectar desgaste y solucionar pequeños problemas antes de que puedan evolucionar. Además, seguir el programa de mantenimiento establecido para nuestro modelo continúa siendo fundamental, ya que cada fabricante determina operaciones e intervalos específicos.
Al final, cuidar nuestro coche no consiste en obsesionarnos con cualquier pequeño ruido ni en visitar constantemente el taller. Consiste en conocer mínimamente el vehículo que utilizamos, prestar atención a los cambios y realizar las revisiones correspondientes. Desde un impacto en el parabrisas hasta unas pastillas de freno desgastadas, muchos problemas empiezan siendo pequeños. Detectarlos a tiempo puede ayudarnos a evitar averías mayores y, sobre todo, a circular con unas condiciones de seguridad adecuadas.


